lunes, 26 de enero de 2009

La vuelta a casa

Aquí me encuentro, a horas de mi regreso a casa, tratando de recolectar los pedazos del viaje que emprendí y formando con ellos el último relato del viaje que realicé. Lo digo de este modo aunque suene trágico, porque antes de mi partida proyecté, pretenciosamente y con un poco de ignorancia, un modelo de viaje lleno de aventuras y descubrimientos en tierras exóticas y culturas desconocidas. Al partir ignoraba que a no ser por el fútbol, el exótico iba a ser yo, en tierras donde Messi (y no Maradona) es la única referencia que se tiene de mi país.

Tamaña fue mi sorpresa al encontrarme en un país quizás más "avanzado" que el país de donde vengo. Años de periferia encontraron su venganza en la irrupción violenta de una vida consumista, que por ahora no encuentra indicios de reflexión.

Se observa en todas partes como turistas y locales por igual ejercitan el sagrado arte de comprar, ya no como la posibilidad concreta de cubrir sus necesidades, sino como el ejercicio de un derecho básico -y hasta un deber- del ser humano moderno. Lo preocupante puede ser la escala en que esto sucede. Así como en Tailandia y en la supuesta Vietnam comunista, el hecho de que monstruos demográficos como China e India estén incorporando masiva e indiscriminadamente millones de personas al mundo del consumo, me lleva a pensar como insalvable el futuro de este planeta.

Algunos de nosotros, que por diferentes motivos llegamos a la conclusión de que el consumismo no trae la felicidad, observamos como esta gente que tras siglos de arroz y pescado, se compra el TV de plasma mas grande que consiga como un modo de reivindicarse socialmente. Todo esto sucede, claro esta, bajo la influencia de un occidente que se pasó la última mitad del Siglo XX equiparando el consumo con el avance en términos materiales, y a la libertad en términos ideológicos. Pero cuidado, que aquí no hay victimas ni victimarios, que a fuerza de yoga, sushi, animé, playstations y camionetas 4x4, oriente nos ha sabido influenciar también.

Si hay una temática puntual que ocupó mi mente a lo largo de este viaje, fue la conformación de la identidad de los pueblos. En Tailandia la cuestión es muy sencilla: ellos son tailandeses y punto. Evitar las comparaciones con Argentina se me hizo imposible ya que nuestro caso es un poco diferente.

En Argentina es frecuente, por no decir constante, que la gente se autodefina en términos de identidad haciendo referencia principalmente a los factores externos. El que no tiene raíces italianas, las tendrá españolas, alemanas, hungaras, o incluso todas juntas. Esto se explica observando las características étnico-demográficas de nuestra sociedad. De todos modos, en el caso de otros países de origen inmigrante, como Brasil o EE.UU., esta referencia externa me da la sensación de que queda relegada a lo anecdótico. ¿Qué habrá en nuestra sociedad que no nos permite ser argentinos y punto?, ¿Podremos en algún momento reconocernos a nosotros mismos del mismo modo que nos ven los de afuera? Porque claro esta que para el resto del mundo somos simplemente argentinos, incluso para los italianos, españoles, alemanes, etc. Quizás pase por ahí nuestra identidad, en ser constantes extranjeros, y que al definirnos como tanos o gallegos estemos siendo mas argentinos que nunca.

Descendemos de inmigrantes, esto es un hecho. Llevamos en nuestra sangre y piel rastros de otras tierras. Somos nietos de expatriados, gente que dejo sus países buscando un futuro mejor y ese anhelo se hizo carne en nosotros. ¿Será por eso que cuando las cosas no andan bien en Argentina nuestro primer impulso es el de arrancar para Ezeiza o al consulado italiano?; ¿Será también por eso que somos tan críticos con esta tierra prometida que nos defrauda regularmente?

De los argentinos que conocí en el viaje, solo dos de ellos me enseñaron algo. Una chica que por motivos personales, no vinculados a lo económico, se radicó en España en el 2004, y otro chico que se fue a los 10 años de edad y lleva viviendo en Europa desde entonces.

En el caso de la chica, si bien al principio su visión sobre el país estaba viciada de un poco de pesimismo, siempre hablaba con humildad y desde sus propias experiencias. Ella decía que era de Barcelona, porque se aferraba a la teoría de que uno es de donde vive y que eso de estar constantemente con un pie en cada país no la dejaba vivir plenamente en ninguno de los dos. En su caso, hablar conmigo sobre el país le sirvió de actualización, según fueron sus palabras.

En el caso del chico, tenia la costumbre de hablarme mal de Argentina, como si yo necesitara escucharlo de boca de alguien que dejo el país en el año 86, siendo solo un niño, y jamás regreso. El pobre hablaba con demasiada seguridad para alguien que nunca había escuchado hablar de un tal "Sandro". A pesar de sus excesos verbales, que atribuyo más a la ignorancia que a la arrogancia, era una muy buena persona. De él aprendí que a veces, en el esquema mental del que se fue, cargar de negatividad al país de origen, hace que su historia personal tenga mas sentido, o uno mas claro por lo menos.

En mi caso y a partir de este viaje, a la hora de definir mi identidad nacional, opté por una instancia superadora: soy porteño-terrícola. Si, Argentina me empezó a parecer un concepto inapropiado para mi, más ligado a lo burocrático y administrativo que a lo real. Yo soy de Buenos Aires, ese es mi lugar. Además soy terrícola que es más global, porque en el mundo de hoy, discutir hasta dónde se extiende mi país y dónde empieza el tuyo es ridículo si los dos nos estamos muriendo de hambre y de sed.

Girando un poco hacia aspectos más livianos de este viaje, algo que me ha impactado de Tailandia son los colores. El modo en que la gente los utiliza es fabuloso. Lejos de todo prejuicio, hombres y mujeres por igual usan y abusan de los colores transformando la vía pública en un arreglo floral. Esta particularidad no atenta para nada contra el buen gusto, es más, diría que es gente con un sentido estético muy desarrollado. Tienen el talento de agregarle un toque decorativo a todo lo que hacen. Desde el modo en que sirven la comida, la forma en que acomodan sabanas y servilletas, o como visten, uno puede sentir el esmero que ponen en lograr que además de bien hecho, todo luzca bonito.

En definitiva, este ha sido un viaje de estímulos. Lo visto y conocido ha tenido su repercusión en mi interior y ha marcado permanentemente el modo en que miro al mundo. Como bien dije al principio, no fue el viaje que proyecté, pero sí el que debía realizar. Siento que crecí y evolucioné tanto mental como espiritualmente y adquirí además una mirada más global sobre temas que hasta ahora veía a escala doméstica.

Vuelvo provisto de nuevas herramientas para vivir la vida y con mucho amor para dar a mis seres queridos.
Ya tendré tiempo de compartir con todos ustedes diferentes anécdotas y reflexiones, quedando para el final un simple agradecimiento por todas las buenas energías que de un modo u otro me han hecho llegar.
Espero que hayan disfrutado de mis fotos y relatos del mismo modo en que yo disfruté haciéndoselos llegar.
Hasta la próxima aventura.

S.

jueves, 22 de enero de 2009

Krabi o la rotacion y traslacion del yo

Otra vez vinieron a mi mente pensamientos estructuralmente diferentes a los que habitualmente tenía. Estando en Asia todo se me manifiesta de un modo distinto. Cuando me refiero a la estructura hablo de que ya no pienso en forma lineal, sino que ahora para mi todo es cíclico. No hay principios ni finales, todo es un fluir constante que atraviesa tiempo y espacio por igual.

Pensé en mí, en mi viaje, en mi vida cotidiana y en como he crecido en estos últimos meses. Para graficarlo de alguna manera se los planteo así:

Cuanto más viajas, más gente conoces, más estilos de vida diferentes observas, más se te abre la cabeza, te vuelves más tolerante, eres más piadoso con los demás y contigo mismo, aprendes a aceptar a los demás y a aceptarte a ti mismo. Cuanto más sucede esto, más tranquilo estás y así aprendes a disfrutar la vida… y cuanto más disfrutas de la vida... pues mejor.

Estoy en Krabi, que es una ciudad de paso, pero que se destaca por tener la gente más amable que he conocido en Tailandia. Es un sitio muy interesante para pasear, recorrer mercadillos y disfrutar de la buena energía que se siente en todos lados.

Mañana me voy a pasar el día a Koh Phi Phi, la isla donde se filmo la película La Playa. Espero que sea tan paradisíaca como se muestra en el film, aunque ya me adelantaron que ahora hay un resort al lado del otro. Prometo fotos y relatos.

martes, 13 de enero de 2009

Koh Chang Pequenia, Koh Tao y Koh Pangan, o el dilema de ser y estar.

Perdonen si he descuidado mi blog y la rigurosidad con la que relataba mis vivencias, pero el 2009 me recibió con una epifanía que todavía estoy tratando de asimilar.

Llegué a la conclusión de que he pasado gran parte de mi vida en un defasaje temporoespacial considerable. Añorando un pasado de felicidad o proyectando un futuro promisorio, descuidé el presente a punto tal de no saber bien como vivirlo. Soy un total inexperto en el arte de estar física, mental y espiritualmente en un mismo sitio a una misma hora.

Al regresar de Vietnam, Koh Chang Pequeña fue mi primer destino. Ahí me reencontré con Noe y conocí a Juanjo, Flavia y Azahara unos españoles divertidísimos con los que todavía sigo viajando. Juntos pasamos unos muy buenos días (año nuevo incluído) en esta isla tranquila y distendida, lejos de todo indicio de modernidad y sofisticación.

El siguiente destino fue Koh Tao, donde Juanjo y Flavia hicieron el curso de submarinismo. Al ser un sitio privilegiado para hacerlo, todo el mundo esta concentrado esta actividad y el resto de los mortales no tiene mucho para hacer, por lo cual mi estadía se redujo a solo un par de días. Koh Pangan y su espíritu festivo nos esperaba, y a sus brazos nos lanzamos. Llegué cuatro días antes de la Full Moon Party y ya se podía observar como noche tras noche la actividad nocturna iba creciendo en forma exponencial. Asumí que tendría el resto de mi vida para dormir y prometí no perderme ni una sola noche de fiesta. Cumplí mi promesa y durante las noches previas fui a las fiestas de la playa, exceptuando una noche en la que fui a una fiesta de música trance en el medio de la jungla.

La Full Moon Party es un espectáculo digno de ser experimentado. Todo sucede en una playa enorme repleta de gente alocada que bucket tras bucket va perdiendo la cabeza en pos del disfrute. Durante toda la noche (y también la mañana) bailé, me reí, saqué fotos, observé cómo el ejército tailandés realizaba una práctica de desembarco a metros de donde estábamos bailando, y por sobre todo, me empache de ver gente haciendo idioteces. Una experiencia extrañamente divertida que agradezco haber vivido. Ahora tendré que decidir qué hacer hasta mi regreso. Me preocupa un poco, pero si verdaderamente quiero convertir esa epifanía en una experiencia de aprendizaje, tendré que darme tiempo y relajarme, para disfrutar el presente a pleno. Estoy en una playa paradisíaca donde hay fiesta todas las noches... ¡ojala lo logre!