Cruzar la frontera entre Camboya y Vietnam me provocó un sentimiento especial. No logro definir el límite entre el alivio que sentí por dejar Camboya y la alegría por entrar a un nuevo país. Luego de unas idas y vueltas con nuestros pasaportes pasando de mano en mano, fuimos aceptados finalmente dentro de Vietnam. Las carreteras eran distintas, lo que se veía a los costados también. A medida que avanzabamos rumbo a Saigon uno podia percibir que estaba llegando a un gran centro urbano.
Principal ciudad del país, Ho Chi Minh City (ex Saigon) es una concentración de más de 6.5 millones de habitantes, donde aparentemente cada uno de ellos tiene una moto y la usa hasta para pasear el perro. Nunca en mi vida vi algo similar. La cantidad de motos es abrumadora, y si tenemos en cuenta que practicamente no hay semáforos, la gente no respeta el sentido del tráfico, tocan bocina constantemente, y encima la mitad de las veredas esta en refacción, transitar por Saigon puede ser una verdadera odisea.
Si hay algo acerca de esta ciudad que todavía me tiene pensando, es este concepto novedoso -al menos para mí- de socialismo consumista. Si, leyeron bien, consumista. Al transitar las calles de Saigon, toparse con carteles y gigantografias de propaganda comunista es lo equivalente en Buenos Aires a ver un puesto de diarios. Sin embargo, el contorno de la ciudad esta definido por nuevas construcciones de vidrio, carteles de Gucci y Kalvin Klein, megalocales de venta de celulares y computadoras, y hoteles a todo trapo. Es dificil hacerse a la idea de que estamos en un país que se aferra a un regimen socialista, cuando vemos a una pobre viejita de sombrero de paja y bicicleta deshecha escabullirse entre las 4x4 importadas.
Viendo todo esto me pregunto: ¿Qué pensaría Ho Chi Minh al ver que los billetes adornados con su cara son utilizados para comprar perfumes importados y prendas lujosas? Si el ejemplo a seguir es China, tal vez tengamos que hacernos a la idea de que el comunismo en estos tiempos puede ser interpretados como la garantía de que absolutamente todas las personas puedan consumir al mismo ritmo y volumen.
Uno de los puntos destacados de mis dias en Saigon fue la visita al Museo de la Guerra, donde a lo largo de una muestra fotográfica uno puede hacerse una idea aproximada de lo que fue esta atrocidad. El museo en si es pequeño, pero con los datos proporcionados alcanza y sobra. Para que se hagan una idea, transcibo un fragmento de Wikipedia al respecto: "Murieron más de 5 millones de vietnamitas y otros tres millones de personas padecieron los efectos del agente naranja, un potente defoliante que tenía como objetivo arrasar por completo la jungla del país para aislar a los guerrilleros vietnamitas. Durante la guerra Estados Unidos lanzó más de siete millones de toneladas de bombas y 100.000 toneladas de sustancias químicas tóxicas, o sea más bombas que las arrojadas durante la Segunda Guerra Mundial".
Sentí nauseas al salir del museo y ver a un grupo de turistas norteamericanos tomando cerveza y sacándose fotos con un helicoptero que estaba en exhibición. Recuerdo haber pensado en cómo podría sentirme si fuera norteamericano, al ver las fotos de soldados de mi país posar orgullosos sosteniendo entre sus manos trozos del cuerpo de un vietnamita. No encontre una respuesta clara, pero pensé por un momento en la Guerra de la Triple Alianza y sentí mucha verguenza.
Propaganda comunista y gente con remeras con la bandera de Estados Unidos, ancianas con sombrero de paja y jovencitas correteando en tacones altos, tuc tucs a pedal y 4x4s, museo de la guerra y shopping malls. Todo esto convive en las calles de Saigon con un equlibrio llamativo. Dejando la reflexion ideológica para otro momento, y como quien no quiere la cosa, Vietnam se fue convirtiendo ante mí en lo nunca imaginé que sería.
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